Navidades Puertorriqueñas

Por Jaime Vázquez 

A muy pocos días de la Navidad, comienzo a sentir la nostalgia que me traen los recuerdos tan gratos de como celebrábamos estas fiestas durante mi niñez en mi añorado Puerto Rico.

Mis padres vinieron de humilde cuna, así es que nuestras celebraciones eran sencillas y extremadamente arraigadas a las tradiciones y costumbres que nos había legado la colonización Española.  No celebrábamos con fervor el Día de Acción de Gracias, aunque mi madre procuraba tener algún tipo de ave, pavo o pollo, como plato principal del día.  Pero era a partir de esa fecha que ya se comenzaba a sentir el aire navideño, y la radio ya empezaba a ofrecer música típica de la época.  ¿Que Puertorriqueño de mi edad no recuerda a Tavin Pumarejo cantar el “Fua”, a la Tuna de Cayey con “El Sopón,” o a Felipe Rodríguez llorar las emociones de “otros muy pobres que no tienen nada” y que preferirían que esas navidades “nunca llegaran?”  Ya a comienzos de diciembre, la música navideña predominaba, y servía de base para las tradicionales parrandas, o asaltos, donde grupos de familias y/o amigos llegaban sorpresivamente al portal de algún hogar e irrumpían en estruendosa algarabía, entonando melodías que describían al dueño del hogar como “todo un caballero,” o “muerto de hambre.”  Esta llegada podía darse a horas razonables de la noche, como también durante un sueño pesado a entradas horas de la madrugada. Aun hasta los mas sobrios clamaban con ansiedad: “si no me dan de beber lloro.”  La entonación de estos estribillos podía ser armoniosa, siguiendo el tono de la guitarra y el ritmo del guiro, las maracas, panderetas, conga y bongos; como también podía ser desentonada y alborotosa, acentuada con el crujir de latas, “guayos” con tenedores, y palitos de escoba.

La preocupación mayor del “asaltado” era tener en la despensa y cocina suficientes ingredientes para los platos típicos, y suficiente ron u otras bebidas alcohólicas o refrescos para obsequiar a “la trulla parrandera.”  La mesa ideal consistía de “pasteles” de plátano o yuca rellenos con carne de cerdo o res, arroz con gandules, “guineitos en escabeche,” “morcillas negras,” y “un canto de lechón a la barita.” “Cuajito” o “cuchifrito” venía ya por añadidura. Para el postre, predominaba el quesito blanco con pasta o “casquitos” de guayaba, “tembleque de coco,” “arroz con dulce” así como también el turrón alicante español, y hasta dátiles.  Nueces y avellanas servían de complemento.  Para entonar el ambiente, nada como un “palo de ron,” especialmente si se trataba de “pitorro,” clandestinamente destilado para consumo particular.  Las damas preferían el “coquito,” especialmente si estaba confeccionado con “Coco López,” o quizás un vermouth Cinzano.  Una buena taza de café Yaucono era imprescindible para mantenerse alerta, pues luego de terminado ese asalto, la familia visitada se unía a la parranda, para la próxima trulla en casa de un vecino cercano o al otro extremo del pueblo.  Esta secuencia podía repetirse hasta comenzada las horas laborables del próximo día.

Las parrandas por lo general se interrumpían momentáneamente en dos ocasiones especiales.  Una era a la media noche en vísperas de Navidad, ya que los Católicos acostumbraban asistir a la “misa de gallo.”  Muy pocos seguían la tradición de “Santa Claus,” asi es que la mañana del 25 de diciembre era calmada y de recogimiento, aunque los fiesteros la llamaban “de arrepentimiento total.”  La verdadera celebración para los niños era el día de los Tres Reyes Magos, el seis de enero, fiesta de la Epifanía.  En la tarde del día anterior se percibía a los niños con cajas vacías de zapatos por las vegas y malezas llenándolas de hierba fresca que pondrían bajo sus camas para “alimentar” a los camellos de los Reyes Magos.  A la mañana siguiente la alegría reinaba cuando los niños encontraban debajo de sus camas la caja de zapatos vacía, pero en su lugar uno o mas juguetes.  En pura inocencia, los niños seguían el rastro de residuos de hierba que llegaban hasta la puerta de entrada de la casa, por donde de seguro habían entrado y salido los Reyes para depositar sus regalos.

La otra ocasión en que la parranda se detenía, era para la celebración de la despedida de año.  Este era un momento sagrado en que la familia se unía emocionalmente para reafirmar el amor y lealtad del uno hacia el otro.  La algarabía se multiplicaba con el estallido repetido de fuegos artificiales, tales como los “petardos,” los “cohetes,” y las “estrellitas.” Pero aun dentro del alboroto, llegaba siempre el momento de paz y meditación que brindaba algún poeta recitando “El Brindis del Bohemio.”

Son ya treinta y siete años los que llevo fuera de mi querida isla, sin embargo, todavía me siento como si nunca me hubiese alejado de ella.  Las Navidades para mi y mi familia siguen siendo tan Puertorriqueñas como en mi inocente niñez.